Ocurre cuando las células de la glándula tiroides crecen de forma descontrolada. La mayoría de los casos tienen buen pronóstico con el tratamiento adecuado. Hay varios tipos de cáncer de tiroides:
- Carcinoma papilar: el más común (80% de los casos) y el de mejor pronostico.
- Carcinoma folicular: representa un 10-15%. Puede extenderse a otras partes del cuerpo, pero es tratable y curable.
- Carcinoma medular: Menos frecuente (5%), puede estar relacionado con factores genéticos, es decir puede haber casos familiares y asociarse a otras patologías endocrinas. También es un tumor tratable y curable quirúrgicamente
- Carcinoma anaplásico: muy raro, pero más agresivo y difícil de tratar.
Síntomas:
En las primeras etapas, el cáncer de tiroides puede no causar síntomas. Cuando aparecen, los más comunes son un bulto o nódulo en el cuello, dificultad para tragar o respirar, ronquera o cambios en la voz, dolor y en ocasiones desarrollo de inflamación de ganglios linfáticos en el cuello (adenopatías). El diagnóstico se basa en la exploración clínica y ecográfica, así como en el estudio de citología o biopsia de la lesión mediante punción con aguja fina bajo control ecográfico. Es necesario también realizar análisis de sangre, en algunas ocasiones son necesarias pruebas genéticas para descartar afectación familiar o patología endocrina asociada. En algunos casos se precisan estudios de imagen adicionales para conocer la posible extensión de la lesión.
Tratamiento:
El tratamiento suele incluir las siguientes posibilidades:
- Tiroidectomía: Extracción total del tiroides. Es el tratamiento principal para la mayoría de los casos. Si existen se extirparán también los ganglios linfáticos afectados.
- Terapia con yodo radiactivo: Se usa después de la cirugía para destruir cualquier célula cancerosa restante. Es un tratamiento seguro y efectivo.
- Tratamiento hormonal: Después de la tiroidectomía es necesario indicar tratamiento con hormona tiroidea para reemplazar las funciones de la glándula extirpada
- Otros tipos de tratamiento como la radioterapia o la quimioterapia se utilizan muy rara vez y en general limitados a carcinomas agresivos como el anaplásico.
Después de la cirugía y el tratamiento con yodo radioactivo, si este se ha considerado necesario, es imprescindible un seguimiento regular que incluirá consultas periódicas: en general cada 6 meses. Análisis de sangre: Para medir hormonas tiroideas y marcadores tumorales (como tiroglobulina en carcinomas papilar y folicular o calcitonina en carcinoma medular). Ecografías: Para revisar el cuello y detectar cualquier cambio. Rastreos gammmagrafico con I131 y Ajuste de medicación: Para garantizar que las dosis de hormonas tiroideas sean las correctas.
Prognóstico:
El pronóstico del cáncer de tiroides es en general muy bueno, especialmente para los carcinomas papilar y folicular en los que más del 95% de los pacientes tienen una supervivencia normal a largo plazo con tratamiento adecuado. En el carcinoma medular el pronóstico es bueno si se detecta temprano, aunque puede ser más complicado si se ha extendido. En el caso del carcinoma anaplásico el pronóstico es más reservado pero los avances en los tratamientos están mejorando las opciones.
En todos los casos la detección temprana y el tratamiento adecuado son clave, por ello todos los nódulos tiroideos o casos de bocio deben recibir un estudio y tratamiento especializado.